Una espera larga, y ni con eso resisten.
Una vez más veo a The
Cure, después de haberlos visto en Reading el año pasado. Una vez más vuelvo a
maravillarme de lo parecido que está el tecladista a Dolli Irigoyen.
Las canciones de The Cure
y Robert Smith siempre supieron conjurar dos cosas fundamentales para la vida.
La primera es la urgencia y felicidad que engendra correr por la casa en medias
un sábado a la tarde, buscando ropa para disfrazarse y cantando desafinado. Eso
es lo que suscita la voz de Smith en por ejemplo “Letter to Elise” y, para esos fans que sólo conocen las canciones
que pasa Aspen, “Friday, I’m in Love”.
Otro de los
ingredientes esenciales en The Cure es el dolor que produce la toxicidad de la
entrega a una persona que desde el vamos sabemos que no nos sirve para nada. El
sentimiento detrás de los aullidos lacerantes de Smith es el dolor que no tiene
palabras. Esa pena autoinfligida que se descubre cuando nos preguntamos ¿Por
qué me mostraste toda esta ilusión hipnótica si ahora te lo llevás todo? Tarde
o temprano, el espejismo del que nos afiebramos, contando las horas para volver
a vivir lo soñado, se esfuma, quién sabe por qué, a dónde, cuándo, y el sentido
de vacío es el que nos reconforta cuando se replica desde una canción de The
Cure. Por ejemplo, en “Desintegration” o “Just Like Heaven”.
Un plaintive cry
hecho hombre. Un hombre gordo, sí, lo sé, pero con la entereza de no haber
perdido un gramo de la inocencia primal de tener el corazón roto por primera
vez. Porque a Robert Smith le rompen el corazón cada vez que canta “Kiss me,
Kiss me, Kiss me” o “Why Can’t I be You”.
Nos deja en claro que
para eso sirven las relaciones humanas; para enfrascarse en una realidad feliz
e unilateral, gracias a la cual hasta usar ropa vieja nos hace reír y sentirnos
afortunados. Después de ese encantamiento, sobreviene el desprecio, el asco, o
simplemente la idea de cuánto mejor habría sido todo si se hubiera relegado por
siempre al plano de lo inalcanzable. Es eso; una vez que el deseo se
materializa, pierde todo sentido perpetrarlo. Una lástima, que Robert Smith
sabe retratar a la perfección, y pregonar en cada una de sus composiciones
plagadas de fuerza indómita y palabras como stay,
never, ever, please, let you, away, y se repiten, hasta desangrarse.
¿Entonces? Este re
encuentro del público argentino con The Cure, ¿no habría sido más disfrutable
desde el plano de lo irrealizable? ¿No se habría mantenido la idea romántica
más efectivamente si The Cure hubiera decidido no presentarse nunca más en esta
ciudad?
Es que la fuerza
arrolladora de temas como “Killing an Arab” o “Wrong Number” tomaron por sorpresa a un River que no supo
corresponderle con la misma intensidad. Estamos hablando de un público, en su
mayoría salvo honrosas excepciones,
avejentado y cansado de la oficina,
que jamás habría imaginádose en
semejante estado cuando escuchaba a The Cure en los 80s y se batía el
pelo. Sí, giles, los aplastó el sistema,
y no se bancaron un recital de 3 horas, les digo, mientras recuerdo como se
vaciaban las plateas después los primeros bises. Orates.
Hartobia
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