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martes, 23 de abril de 2013

The Cure en River.



 


Una espera larga, y ni con eso resisten. 




Una vez más veo a The Cure, después de haberlos visto en Reading el año pasado. Una vez más vuelvo a maravillarme de lo parecido que está el tecladista a Dolli Irigoyen.
Las canciones de The Cure y Robert Smith siempre supieron conjurar dos cosas fundamentales para la vida. La primera es la urgencia y felicidad que engendra correr por la casa en medias un sábado a la tarde, buscando ropa para disfrazarse y cantando desafinado. Eso es lo que suscita la voz de Smith en por ejemplo “Letter to Elise” y,  para esos fans que sólo conocen las canciones que pasa Aspen, “Friday, I’m in Love”.
Otro de los ingredientes esenciales en The Cure es el dolor que produce la toxicidad de la entrega a una persona que desde el vamos sabemos que no nos sirve para nada. El sentimiento detrás de los aullidos lacerantes de Smith es el dolor que no tiene palabras. Esa pena autoinfligida que se descubre cuando nos preguntamos ¿Por qué me mostraste toda esta ilusión hipnótica si ahora te lo llevás todo? Tarde o temprano, el espejismo del que nos afiebramos, contando las horas para volver a vivir lo soñado, se esfuma, quién sabe por qué, a dónde, cuándo, y el sentido de vacío es el que nos reconforta cuando se replica desde una canción de The Cure. Por ejemplo, en “Desintegration” o “Just Like Heaven”.
Un plaintive cry hecho hombre. Un hombre gordo, sí, lo sé, pero con la entereza de no haber perdido un gramo de la inocencia primal de tener el corazón roto por primera vez. Porque a Robert Smith le rompen el corazón cada vez que canta “Kiss me, Kiss me, Kiss me” o “Why Can’t I be You”.

Nos deja en claro que para eso sirven las relaciones humanas; para enfrascarse en una realidad feliz e unilateral, gracias a la cual hasta usar ropa vieja nos hace reír y sentirnos afortunados. Después de ese encantamiento, sobreviene el desprecio, el asco, o simplemente la idea de cuánto mejor habría sido todo si se hubiera relegado por siempre al plano de lo inalcanzable. Es eso; una vez que el deseo se materializa, pierde todo sentido perpetrarlo. Una lástima, que Robert Smith sabe retratar a la perfección, y pregonar en cada una de sus composiciones plagadas de fuerza indómita y palabras como stay, never, ever, please, let you, away, y se repiten, hasta desangrarse.
¿Entonces? Este re encuentro del público argentino con The Cure, ¿no habría sido más disfrutable desde el plano de lo irrealizable? ¿No se habría mantenido la idea romántica más efectivamente si The Cure hubiera decidido no presentarse nunca más en esta ciudad?
Es que la fuerza arrolladora de temas como “Killing an Arab” o “Wrong Number”  tomaron por sorpresa a un River que no supo corresponderle con la misma intensidad. Estamos hablando de un público, en su mayoría salvo honrosas excepciones,  avejentado y cansado de la oficina,  que  jamás habría imaginádose en semejante estado cuando escuchaba a The Cure en los 80s y se batía el pelo.  Sí, giles, los aplastó el sistema, y no se bancaron un recital de 3 horas, les digo, mientras recuerdo como se vaciaban las plateas después los primeros bises. Orates.

                                                                                     Hartobia

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